4 de noviembre de 2026

Chile desconfía de todos, hasta de sí mismo

Claudio Villegas y Juan Pardo, de Feedback

Durante todo 2026 hemos seguido la confianza de los chilenos a partir de una premisa sencilla, que la confianza no es una sola cosa. Se confía en las personas, en el Estado y en las empresas, y se confía también en el futuro, que es acaso la forma más exigente de todas. El Monitor de Confianza Feedback la ha medido en cuatro olas trimestrales, desde enero de 2026, la última levantada entre el 20 y el 30 de octubre con 2.011 entrevistas, y la ha medido descompuesta en lo que entendemos son sus tres ingredientes principales, la eficacia, la ética y la empatía. Diez meses después, lo que encontramos no es la caída de un indicador sino algo más inquietante, un deterioro que avanza por todas las dimensiones a la vez, como una mancha de humedad que aparece primero en el techo y termina oxidando los cimientos.

El techo es nada menos que el Estado. Seis de cada diez chilenos tienen hoy baja confianza en las instituciones públicas, frente a 46% en enero, y ninguno de los nueve atributos con que evaluamos a esas instituciones alcanza el 20% de acuerdo. Solo 8% cree que el Estado decide con transparencia y otro 8% que cumple lo que promete. Las grandes empresas no corren mejor suerte, porque la confianza alta en ellas bajó de 33% en marzo a 28% en octubre, el punto más bajo de la serie. Hasta aquí nada que un lector chileno no recite de memoria. Lo nuevo es que el desgaste ha bajado al lugar donde la confianza solía refugiarse cuando todo lo demás fallaba. Quienes declaran baja confianza en las personas pasaron de 22% en enero a 40% en octubre, y ya superan a quienes confían. Apenas 17% cree que se puede confiar en la mayoría de la gente, y esa cifra se duplica en el nivel socioeconómico alto respecto del bajo, como si confiar en el prójimo se hubiera vuelto un bien de consumo que no todos pueden pagar. Hasta la recomendación de familiares y amigos, que antes ordenaba buena parte de nuestras decisiones de compra, cayó de 24% a 15% como fuente de confianza. La sospecha ya no es solo vertical, dirigida hacia arriba, sino horizontal, y eso tiene un costo silencioso para cualquier sociedad que pretenda cooperar.

El segundo hallazgo es temporal. Las expectativas están deprimidas en todos los horizontes que medimos. En el corto plazo, 61% espera que la economía del país esté peor en doce meses, el doble que en enero, y más de la mitad cree que empeorarán la convivencia entre las personas y el funcionamiento de las instituciones. En el mediano plazo, 70% piensa que los niños y jóvenes de hoy tendrán dentro de diez años peores posibilidades de acceder a una vivienda propia, 60% que les costará más encontrar un empleo de calidad y 55% que accederán a peor educación. Y en el larguísimo plazo, el de las decisiones que un país debe empezar a tomar hoy para los próximos veinte años, la ciudadanía no ve a nadie mirando hacia allá. Siete de cada diez creen que los propios chilenos deciden pensando en resultados inmediatos, ningún actor supera el 27% de menciones de largo plazo, y el 72% considera que todas o la mayoría de las causas del malestar de 2019 siguen vigentes. La paradoja es elocuente. Tres de cada cuatro confían en poder llevar a cabo sus propios planes, pero solo 12% cree que personas como ellos pueden influir en las decisiones del gobierno, y 80% piensa que el mundo lo dirigen unos pocos. Hay agencia privada e impotencia pública, un país de proyectos individuales que no cree tener un proyecto común.

El tercer hallazgo es el que más debiera interesar a quienes tienen responsabilidades de conducción. Lo que se reprocha a la política y a lo que se espera de las empresas no es lo mismo. Al Estado ni siquiera se le concede la eficacia, porque solo 13% cree que sus instituciones hacen bien su trabajo y 17% que cuentan con personas capacitadas. Antes que cualquier otra virtud, se le pide que funcione y que cumpla, y la vara está tan abajo que bastaría con eso para mover la aguja. Las empresas, en cambio, tienen exactamente lo que al Estado le falta. Un tercio les reconoce eficacia, el doble de lo que les reconoce en ética o empatía, y sin embargo esa eficacia explica apenas una cuarta parte de la confianza que reciben. Las otras tres cuartas partes dependen de la ética y la empatía, precisamente donde peor les va. Solo 12% cree que las grandes empresas entienden los problemas económicos de las familias, 17% ve probable que reconozcan públicamente un abuso y 73% descarta que sus ejecutivos enfrenten consecuencias reales por una falta grave. Cuando preguntamos qué significa que una empresa sea empática, la respuesta no es la cercanía publicitaria sino algo bastante más material, precios y servicios pensados para la mayoría, y entender cómo vive la gente común. Y más de la mitad de los chilenos no es capaz de nombrar una sola empresa que represente la ética.

De todo esto se desprende una agenda menos retórica de lo que suele suponerse. A las instituciones no se les está pidiendo épica sino cumplimiento verificable, promesas que se puedan contar y resultados que se puedan ver. A las empresas no se les pide más eficiencia, que ya se les reconoce, sino que demuestren que comprenden la vida de quienes les compran y que, cuando se equivocan, reparan y pagan costos. Es una exigencia moral, pero también una oportunidad, porque quienes logran ser reconocidos como empáticos reciben más del doble de confianza que el promedio. En la próxima ola indagaremos directamente en las condiciones que, a juicio de la ciudadanía, permitirían recuperarla. Mientras tanto, conviene tomarse en serio lo que dicen los datos de este año. Chile no está solo desconfiando de sus élites, está empezando a desconfiar de sí mismo, y una sociedad que no confía en nadie, ni arriba ni al lado ni en el futuro, vive a la intemperie.

Claudio Villegas
Director de Innovación e IA, Feedback

Juan Pardo
Socio y Director de Investigación, Feedback

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